miércoles, 14 de noviembre de 2012

Ana Rosa no es igual que Bryce Echenique


Lo primero que me angustia es la acotación del término, porque parece que hablar de plagio es como darlo por supuesto. Yo, que me pierdo en consideraciones hasta perder el hilo, llevo horas con ello. Mejor que lo escriba, como quien se espanta las telarañas, y que salga lo que tenga que salir.

Primero PLAGIO. Yo entiendo por plagio copiar con disimulo una obra para hacerla pasar como propia. En el caso del literario, plagio sería copiar grandes extensiones de un texto y sus engranajes narrativos para convencer a la mayor parte de los confiados lectores de que todo es texto sudado por mí. Aquí vamos a guardar, como quien hace varios sacos, los errores informáticos de Ana R., Lucía E. y la infame cultura informática que las lastra según su raquítica autodefensa ruborizada.

Yo les añadiría, por darle un resplandor legendario, ficticio hasta lo valleinclanesco – o más allá, hasta lo ascético y lo designado por potencias cósmicas inescrutables – que el ordenador trabajaba para los enemigos declarados de la luz y la verdad, o que los informáticos que se hicieron cargo de los virus del disco duro colaboraban con la Gestapo. Así, ese papelón coyuntural de damiselas indefensísimas en apuros, calzaría mejor en su onanista reconstrucción de la tragedia y -¿por qué no decirlo?- en las expectativas nacionales de lo que una mujer puede alcanzar cuando entra al coto de los muy machos.

En su obra, alguien o ellas mismas, tecleó hasta la más miserable coma y le corrigió en el repaso estilo y redundancias. Plagio es, entonces, alteración de lo establecido por otro como propio para, sin ir más lejos, expropiárselo. Vamos, robar.

Ahora lo de Bryce, después del preámbulo.

Cuando el concepto se sublima desaparece el concepto, porque sublimar es renovar con la intención  de eternizar, y el concepto carece del elegante mecanismo del autoreciclado. Lo que pasa, claro está, es que surge un concepto nuevo. Por esa lógica, plagiar ya no es plagiar. Bryce Echenique ha sublimado los conceptos hasta estallarlos en la gloria sin bien ni mal de lo sublime.

Todo lo que he leído de sus atribuidos plagios, no lo son. Por eso me he roto el culo por definirlo hasta sacarle el último jugo al concepto. Las yemas de sus dedos, supongo que reservadas para teclear lo que Bryce juzgue digno, no han hundido ni una sola de las letras que lo forman. No se le puede acusar de intervenir un texto para expropiarlo – como lo definía más arriba -, ni de adaptar la más mínima expresión a las que lo caracterizan… nada. Basta un barrido de ratón con el botón izquierdo pulsado y una página en blanco de Word para que cualquier sutura terminológica se desenhebre.

Lo que vengo a decir es que, tíos, no hay por donde agarrarlo. Será cosa del Boom(!) Latinoamericano, pero lo que hace es tan puntero que le podemos poner el nombre nosotros mismos y vacilarle a las nenas de lo metidos que estamos en la basura ésta de la literatura. Ojo! Hacerse ya se hacía, pero nadie antes que él le ha visto el glamour y el negocio al asunto.

Más vanguardia y literatura otro día.

Si quieres refocilarte en tu crapulencia como escritor mediocre, pincha aquí y mira cómo se forja una luminaria. Además, ya que estamos, te recomiendo el blog que está muy bien.

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