Lo primero que me angustia es la acotación del término,
porque parece que hablar de plagio es como darlo por supuesto. Yo, que me
pierdo en consideraciones hasta perder el hilo, llevo horas con ello. Mejor que
lo escriba, como quien se espanta las telarañas, y que salga lo que tenga que
salir.
Primero PLAGIO. Yo entiendo por plagio copiar con
disimulo una obra para hacerla pasar como propia. En el caso del literario,
plagio sería copiar grandes extensiones de un texto y sus engranajes narrativos
para convencer a la mayor parte de los confiados lectores de que todo es texto
sudado por mí. Aquí vamos a guardar, como quien hace varios sacos, los errores
informáticos de Ana R., Lucía E. y la infame cultura informática que las lastra
según su raquítica autodefensa ruborizada.
Yo les añadiría, por darle un resplandor legendario,
ficticio hasta lo valleinclanesco – o más allá, hasta lo ascético y lo
designado por potencias cósmicas inescrutables – que el ordenador trabajaba para
los enemigos declarados de la luz y la verdad, o que los informáticos que se
hicieron cargo de los virus del disco duro colaboraban con la Gestapo. Así, ese
papelón coyuntural de damiselas indefensísimas en apuros, calzaría mejor en su
onanista reconstrucción de la tragedia y -¿por qué no decirlo?- en las expectativas
nacionales de lo que una mujer puede alcanzar cuando entra al coto de los muy
machos.
En su obra, alguien o ellas mismas, tecleó hasta la más
miserable coma y le corrigió en el repaso estilo y redundancias. Plagio es,
entonces, alteración de lo establecido por otro como propio para, sin ir más
lejos, expropiárselo. Vamos, robar.
Ahora lo de Bryce, después del preámbulo.
Cuando el concepto se sublima desaparece el concepto,
porque sublimar es renovar con la intención
de eternizar, y el concepto carece del elegante mecanismo del autoreciclado.
Lo que pasa, claro está, es que surge un concepto nuevo. Por esa lógica,
plagiar ya no es plagiar. Bryce Echenique ha sublimado los conceptos hasta
estallarlos en la gloria sin bien ni mal de lo sublime.
Todo lo que he leído de sus atribuidos plagios, no lo son.
Por eso me he roto el culo por definirlo hasta sacarle el último jugo al
concepto. Las yemas de sus dedos, supongo que reservadas para teclear lo que
Bryce juzgue digno, no han hundido ni una sola de las letras que lo forman. No
se le puede acusar de intervenir un texto para expropiarlo – como lo definía más
arriba -, ni de adaptar la más mínima expresión a las que lo caracterizan…
nada. Basta un barrido de ratón con el botón izquierdo pulsado y una página en
blanco de Word para que cualquier sutura terminológica se desenhebre.
Lo que vengo a decir es que, tíos, no hay por donde
agarrarlo. Será cosa del Boom(!) Latinoamericano, pero lo que hace es tan
puntero que le podemos poner el nombre nosotros mismos y vacilarle a las nenas
de lo metidos que estamos en la basura ésta de la literatura. Ojo! Hacerse ya
se hacía, pero nadie antes que él le ha visto el glamour y el negocio al
asunto.
Más vanguardia y literatura otro día.
Si quieres refocilarte en tu crapulencia como escritor
mediocre, pincha aquí y mira cómo se forja una luminaria. Además, ya que
estamos, te recomiendo el blog que está muy bien.
http://redaccion.nexos.com.mx/?p=4238
No hay comentarios:
Publicar un comentario