viernes, 13 de abril de 2012

LO INDECENTE DE LAS HORAS (V. 1.0)


CAPÍTULO IV

LO INDECENTE DE LAS HORAS


Rafael el garbancero no tienta el whisky con ansia, lo reposa, lo estruja dentro de la boca y lo traga hecho un gargajo. No busca la compañía de nadie ni invita a los parroquianos. Sólo se acoda con la paciente meditación ensimismada del que está esperando.

Tanto Juan como Don Mendigo ya se lo han visto hacer demasiadas veces como para no saber qué se avecina. Juan nunca acierta a saber cómo sentirse. El maestro – no EL Maestro aquel que ya mencioné, sino otro, un tercer maestro – siempre pasa poco antes de que Juan decida que no hay más que rascar de los cuatro clientes que le puedan quedar y les explique que ya ni se sirve ni se pone más futbol, que aire.

El garbacero - por lo que se ve, el único que conoce cuándo aparecerá el otro -, espera sin reproches entre trago y trago a que asome la jeta cuando le salga de sus santos cojones, porque hasta para presentarse hay que tener cierta elegancia miserable y cierto desparpajo canalla, luego dirá que el pañuelo le hacía una arruga o que le mata un mechón rebelde de la sien, pero lo que quiere insinuar con todo eso es que hay quien sabe aparecer sólo cuando tiene que aparecer. Se lo consiente porque de tarde en tarde, aprovechando lo indecente de las horas y el silencio que sigue a la escarchada, pueden hablar a gusto y sin interrupciones. Hasta le divierte sospechar que este otro maestro sólo entrará cuando sepa que va a encontrárselo con las mejillas encendidas, con el brillo dispuesto en la mirada y el testamento de flequillo ralo y desordenado.

Por eso Juan no sabe si quedarse y participar o desaparecer tras la cortinilla de cuentas con la excusa de lavar los platos. Al pasar junto a Don Mendigo le echa una mirada opaca, formularia, en la que, si no lo conociese, entresacaría un cierto desdén herido, pero lo conoce lo suficiente para nadar más profundo. Sabe que sólo va a admitir sobre sí algo que resulte inofensivo o tenga bien pensado, pero con Don Mendigo fracasa y se le queda la palabra en la boca, como un hilito de saliva, cuando le lee las intenciones sin alcanzar a entender de dónde saca aquel tanta certeza con tan poco. Juan es un materialista y un determinista sin solución que piensa que siguiendo la lógica se le cogen las vueltas a los sentimientos. Vamos, ni un puntito más allá de lo que graznan los cartesianos. Mendigo sonríe mucho y disculpa aún más su torpeza, le cita entonces aquello de Terencio y el otro, por no hacerse de menos, - que la licenciatura en románicas pesa cuando te hacen gol en casa -, jura que ya lo sabía y cambia el tema. Pero no, Juan no tiene ni la más pajolera idea de qué significa “hombre soy y nada en el hombre me es extraño”, le falta sentido común para entender toda la estupidez y la vanidad que hay en distinguir entre uno mismo y el resto de la creación. Don Mendigo lo deja todo correr y le promete que se lo perdona si le invita a una cerveza. Como Juan sale de la conversación reafirmado en sus teorías, agita la cabeza suspirando convencido que todo ha sido una triquiñuela infantil para sacarle bebida gratis. Con la cerveza en la mano, Mendigo no pasa el trago frío que le atraganta cuando entiende lo irremediablemente lejos que están uno del otro y no le queda más que la resignación de aceptar que nunca serán amigos.

Tras los cristales, con la persiana metálica a medio cerrar, sólo se percibe el charco de fósforo de las farolas. Juan se ha dejado la puerta sin cerrar para que pase el maestro y se dedica a amontonar todas las sillas en una torre para adecentar el suelo de la taberna. Una silueta pisa la luz naranja y cambia el paso. Asoman unos ojillos cadavéricos y muy azules entre la B y la E rotuladas en los cristales. Juan le hace señal de que no está cerrado.

La puerta cruje como por megafonía y dos piernas pasan tanteando y con la atención puesta en no restregarse contra nada. El maestro siempre viene de punta en blanco, un figurín divo y arcaico, con el aire pretendido de haber perdido Cuba hace poco. Muy fumador y muy señorito, tiene las canas tan engominadas como los dedos amarillos de la nicotina. Pero nadie se fija nunca en eso, lo primero en lo que te fijas es en el filo de los pómulos y lo azul que le brillan los ojos al fondo de sus cuencas o en el empotre de sus mejillas contra los dientes, la línea de la mandíbula y la frente huesuda y amplia. El garbancero se vuelve en el asiento y salta al suelo con paticortez asumida.

- ¡Monterito! – alza los brazos estorbado por el corte de la chaqueta que le hunde más la cabeza entre los hombros.

- Rafael, qué bien te veo, y no mientas y me digas que tú a mí. De sobra sabemos lo de las tres puñaladas, estamos fuera de esas cortesías de capote raído.

- No sabía que fuesen puñaladas en concreto, entendía que eran heridas sin concretar.

- En abstracto, basta que duelan y pudran el aire. Luego estamos tú, yo y los demás del hampa, que nos remangamos y nos ponemos a suponerle percha, carácter, lugar y fecha. Ni siquiera ahí acabamos, nos descamisamos y entramos en la combinación, así, en frío, que es sólo preparación, anticipo de la verdadera escritura. En la combinación nos pasamos la mayor parte del tiempo descartando, y sólo, muy al final, con la hora pegada al culo, escribimos las únicas certezas que hemos sacado en todo el día, y sólo porque no se nos olviden al día siguiente.

- ¿Es que hay otra cosa sobre la que merezca la pena escribir que de amor, vida y muerte?  

- ¿Es que la escritura se inventó para otra cosa? ¿Vale para otra cosa? ¿Se ha intentado siquiera? Risa me dan los que hablan de cambiar la literatura, como si antesdeayer hubiese sido otra cosa, y no siguiesen, de proponérselo, el rastro de su identidad – o lo perdiesen los más imbéciles – hasta el primer pintarrajo sobre el techo de una cueva.

- Los cambios de generación o de movimiento culturales no son tales salvo por el uso…

- La percha lo llamo yo – apuntó Monterito, con un finito que le había aparecido entre los dedos como por arte de magia.

- …salvo por el uso de las ideas al servicio de la instrumentalidad artística.

- Ahí te veo y no te reconozco: el arte = ar(ie)te. Ya te lo formulo yo en ésta servilleta que muy generosamente cede Juan, Alberto o el Cide Hamete Benengeli. – Monterito garabatea con el bic de tomar nota que Juan trae en el bolsillo de la camisa, clava un punto enérgico en la madera barnizada y tira el bolígrafo a un lado y el papel al suelo. Da un trago largo y sigue. - Pues te veo blando y jipi, Rafael. Tú que tenías perfiles duros. Recuerdo tus títulos y tu falta de piedad, debajo de la broma y las frases volcadas del inglés, que ese Clot soltaba entre el calzoneo y la insustancialidad repentizada. Como si contigo no hubiese que madrugar para cogerte con el pie cambiado. O mejor, ahora que lo pienso, como si te apretase las tuercas un editor. Tu idea-ariete es emular al estilo del príncipe romántico que dedica poemas a los nenúfares el oficio del escritor por palabras y la muy buena escuela de escritura que fue la novela de género. Es un libro hermoso y feliz, en el que lo tocas todo: un espinazo argumental detectivesco, un contexto de ciencia ficción, un sospechoso de novela rosa, otro de novela fantástica, un desaparecido de novela del oeste… Igualas unas ostias como panes con el espionaje corporativo, las tetas de la secretaria con el ADN, una guerra que perdimos con la calvicie y todo para que la gente no respingue del asiento. Utilizas el recurso del marco de extrañamiento literario, mezclas hasta dar una vuelta de tuerca realidad y ficción y realidad y ficción y…. Te pasas doscientas páginas dando sopas con onda literaria para que te digan que es divertida. Pues apaga y vámonos. Cuando yo me río contigo y nadie más nos acompaña, es una risa de rendición, por lo que me insinúas.

- La gente ya no tiene quien les enseñe a leer. Es la pobreza de querer abarcar tanto o llegar tan rápido, que ni llegas ni abarcas, pero te sabe igual. Aunque ese no es el tema, que te veo caliente con lo de la fama que nos merecemos o no. El tema es si la literatura se renueva o comemos de lo recalentado.

- Frente a tanto iluminado, me atrinchero en la subversión de lo viejo y lo mío, como tú.

- Así que, estamos de acuerdo en que no hay movimientos culturales sino espinosos think-tanks que alcanzan el beneplácito del ideal cultural. – establece el garbancero, quien en la intimidad, como puede concluirse, tiene muy poco de golosinero.

- O vete tú a saber – ríe Monterito – Todas las “etapas” culturales establecidas, escudriñadas con cierta atención, vienen de la mano de un giro en el pensamiento burgués que acaba contagiando el espectro social completo. La filosofía siempre ha significado inteligencia, y la inteligencia es modernidad. Mira a Kant. Semejante tío soso, inquietante excéntrico social, que era el señor raro de su pueblo. Saca el lema de los raros al poder y todos raros por tres siglos. Despojó a la normalidad de su decencia. Por eso no cala Galdós más que por su inconfesable afición a las groupies, su vejez destartalada y patética o esa chinchorrera republicanía de la que nunca descabalgó por mercadería y crematística.

- La vida, el amor y la muerte, de nuevo, Monterito.

- Acuérdate de E.T. correteando disfrazado de señora.

- Me lo dejas a huevo ¿y la posmodernidad?

- Su propio nombre lo indica: son las sobras recalentadas de la modernidad americana. ¿Conoces a alguien que no lea novela americana? ¿Qué no te recite esos párrafos de preescolar tan insustanciales? Podemos entrar en la diferencia entre América y Europa, cuando la hubo, pero déjame pedir otro vinito.

jueves, 5 de abril de 2012

LA MANO QUE NOS TOCA (V. 2.0)


CAPÍTULO III

LA MANO QUE NOS TOCA


- ¡Que vale, que sí, que todo eso! – gritaba Juan sin parar a Margaret – ¡Ahora déjame tranquilo de una puta vez!

- Margaret – susurró al acercarse el Sabueso que ya se marchaba y bastante más satisfecho con las respuestas que había conseguido de lo que indicaban su mentón apretado y el resoplido con que se despidió.

La señora, turbada por la inesperada presencia del detective, tuvo un instante de desconcierto que pasó a una sonrisa dulce conforme le tendía la mano. Sabueso la recogió con delicadeza y le posó un beso en el dorso. Juan no daba crédito a la escena. Jamás hubiese sospechado que un malnacido como el Sabueso, ese huelebraguetas malpagado, ese apaleado por las letras y la vida guardase la más mínima bondad en el cajón infecto de su alma.

- ¿Me acompañas? – le susurró en un tono que en su voz rajada, vibrante, calcinada jamás se hubiese sospechado, un susurro que nunca hubieses concebido de no oírlo.

- Donde quiera que me lleve, caballero, faltaría más – respondió Margaret, colgándose como desmayada de su codo con una ternura coqueta y adulada – Hace tanto tiempo que desapareciste… y a todo esto ¿qué pintas tú en este antro?

- Gajes del oficio.

- … y mira en qué ha quedado el oficio…  ¿Porqué te fuiste?

- Las personas cambian.

- Tú no cambias, sólo desapareces de cuando en cuando. No sabes la de corazones rotos que dejaste tras de ti – ríe con un tono cantarino, juvenil, invitador y aprieta el abrazo - ¿Vas quedarte mucho esta vez?

- Si hay trabajo.

- Quédate, Sabueso – rogó feroz y clavando las uñas en la gabardina – No vuelvas a irte ¿quieres verme rogar? Bien, si así lo quieres, lo haré. Mírame, sólo mírame y dime que no te importa nada, que lo haces por dinero. La segunda vez no dolerá tanto.

- No lo sé todavía… – respondió bajando la vista, y  lo que minutos antes eran dos espejos escarchados, se habían opacado con el humo de algún recuerdo – Hacíamos buena pareja…

- Éramos LA pareja, Sabueso. –rió y lo sacó de la taberna de Juan dejando sólo el tintineo de su risa tras el vuelo de su camisón.

Los habituales, intercambiando miradas de una sorpresa infantil, regresaban a sus sillas y el bullicio y la cháchara volvían a llenar el ambiente. Juan, tan confundido como el resto, trasegando la escena como atragantado, convaleciente, perplejo, se deshizo de las consideraciones con un cabeceo y volvió a encender el televisor que parpadeó con el verde del césped y las minúsculas, insignificantes criaturillas que retozaban sobre él como en un parque el solsticio de verano.

- ¡Eso sí es una cantera, y no lo tuyo! – gritó desde la puerta el garbancero sonriendo; quien, cerrado el puesto, se arrimaba cada noche a tomar la última.

- …dijo el Lobo Estepario – respondió Juan bordeando la barra para plantarle un abrazo como dios manda.

El garbancero se dejó abrazar antes de pasar a mayores, que en su infinita sabiduría popular y su buen saber hacer, consistía en elegir el matarratas.

- Un Label, ya sabes cual, mindundi.

-  Para el maestro, siempre a cuenta de la casa.

- No te confundas, que mal vienen dadas entonces. El Maestro es el Maestro, y el de las golosinas es el de las golosinas. Yo sé de golosinas tanto como el Maestro sabe de magisterio. Yo digo que por perro viejo y apaleado, pero que cada cual opine. A mí dejadme de ínfulas y tronos que lo que yo te traigo viene sin zarandajas, viene porque me sale. Viene porque ni yo me aclaro si hablamos de experiencia o de iluminación, viene como nace un potro, porque tiene que reventar ello o yo. Viene a tientas, Juanito, pero viene. Al cabo, el asunto no tiene más enjundia que la del sentido común del chucho: si te sale te sale, si no te sale, métete a fontanero que está muy bien pagado.

- Rafael, tú te maltratas cuando cuentas de ti.

- Hay que mirarse mucho para entender lo poco serios que somos. Todos. Hay que entender que el cielo está cerrado por aforo y que nos huele la mierda a todos.

- Te ha salido un ripio.

- Me ha salido una mala lira o un haiku posmoderno, tanto da. Si ofende tu purismo, pues lo retiro y me disculpo. Ya está.

- Cuidado con lo de posmoderno, que da unas coces de impresión. Si te lo diré yo…

- Tan sibarita que hasta le busca sentido a lo de Malherido.

- ¿Va de coña o rima de casualidad?

- Bah! No te enfurruñes, que eres muy fácil de enfadar y ponme un poco de hielo que esto no emborracha nada.

Juan entonces se aparta hasta la hielera y el garbancero le toma un tiento preciosista, como miniado, al vaso, y se seca el bigote antes de paladear.

Fuera, en la calle, los niños que jugueteaban un momento antes, nada que ver con los maleantes en los bancos, los del bocadillo de nocilla, se han acercado a la puerta y miran cada gesto del garbancero con intenciones. Rafael se vuelve hacia la puerta guasón y fingiendo sorpresa.

- y ¿qué buscáis vosotros?

- ¿Tienes garbanzos? – salta el más dispuesto.

- Eso depende…

- Son para nosotros, lo juro. No nos manda el Vicentito.

- Ni Sergi Bellver, espero. Todavía me acuerdo de la última…

- Que no, de verdad.

- Mira, porque sois unos cabezas locas y todavía no sabéis dónde os metéis, os lo recuerdo: ni las gracias les deis a esos, ¿está claro?

- Que sí, que ya lo sabemos, que no queremos líos, que sólo queremos garbanzos, porfa.

- Manolito ya me lo ha dicho, y tú, Juan Soto ¿qué?

-Que sí, que ya lo sabemos, que no queremos líos, que sólo queremos garbanzos, porfa.

- Una cosa más antes de daros nada: ¿de qué estaba hecha la pelota?

Un titubeo, un intercambio de miradas inseguras, hasta que al final el asturiano, haciendo de pella paquete, responde:

- un libro de cuentos…

- Has salido más listo que el hambre, sinvergüenza. – ríe el garbancero rebuscando en el cesto de mimbres – Anda, tomad y que no os vea el pelo hasta que seáis hombres de provecho.

miércoles, 4 de abril de 2012

EL SABUESO Y SUS PESQUISAS (v.3.0)


CAPÍTULO II (v. 2.0)


Juan es un posadero tranquilo, que lo mira todo y finge que no ve nada. Así se cría buen callo en la vida. Vamos, un tío serio, de orden. Lo que nadie entiende es cómo pudo hacer buenas migas con Don Mendigo. Un individuo junto al que todos los días parecen feriados y bien poco le importa lo que se cueza en ningún dormitorio. Antes un tiramantas que un vendido, y antes un bebedor honesto que un figurante con aires tremendísimos.

La gente del barrio se alza de hombros y pone cara boba de no entender porque lo que quiera que haya que entenderse bien poco vale y, para lo que vale, que se lo queden ellos. Pero tampoco es gente tonta y entiende que por simpatías y carácter, Don Mendigo tiene más que tratar en lo que a libros toca con el Garbancero, el vendedor de golosinas que planta su cesta de mimbres en la acera de enfrente, o con el Maestro, que pasa - cuando pasa – por el bar de Juan el tiempo que tarda en echarse un café con leche y no soltar ni prenda.

Luego la gente piensa que si todo fuese como debiera de ser, apaga y vámonos, menudo coñazo de barrio éste. Al fin y al cabo, un barrio es como una España en pequeñito y todo lo que sucede en él, si le pones atención, tiene su intríngulis. Por esto que, si listo y de hilar fino es Don Mendigo, alguno hay que, por el gusanillo de hacerlo, ya le ha cogido el puntito al liante y le suelta, tan confidente como al que se le escapa un secreto, un “arrímate a los buenos, truhán”, cuando Mendigo pasa cerca y finge que no oye nada.

Se diría, leyendo lo que llevo escrito que en el barrio se mueve poco el aire y que a lo más que se llega es a sacarle al vecino con quién se acuesta o con quién se levanta, pero es porque no he llegado al punto que me propusiera en un principio.

Como decía, a esa hora en que el sol empieza a ponerse y la luz se apaga, llega la algarabía a la taberna de Juan. Si bien los primeros en coger sitio son Don Mendigo y su grupo, pocos pasos detrás entra el Sabueso.

Juan siempre arruga el gesto nada más verlo. Se habla mucho de tanta antipatía, pero todo son teorías y nadie se pone de acuerdo en qué punto del carácter de uno le saca el demonio al otro. Puede que se deba a que el Sabueso entre siempre fumando a pesar de la prohibición, coge silla sin preguntar si está ocupada, huele a humo, sudor, carne de matanza y nunca usa más de tres palabras seguidas, ni siquiera para dar las gracias cuando Juan, que ya lo ve venir, acaba de llenar un whisky doble que vacía de un quiebro de cuello, como un tragasables, y deja rodando el vaso junto con un billete arrugado, sin apartar la vista del tabernero, que se siente prisionero de su obsesión por ser observado. Hay quien jura que Juan sólo ha conseguido verse reflejado en lo deforme y lo ridículo de su pupila de callejón del gato, sin llegar a penetrar más allá de su pose fatalísima de arquetipo tallado a puñetazos en granito.

-¿Dónde andan? – le escupe Sabueso por torturarle.

-¿Quiénes? – se hace el sueco Juan.

- Los guapitos.

- No sé de quién…

- Miraaa….. – se abalanza sobre la barra.

- Se fueron… hace horas… antes de que aparecieses.

- Ya lo sabía – sonríe como si se le hubiese muerto el perro y golpea la madera con los nudillos antes de encaminarse hacia el corrillo de Don Mendigo y los suyos.

Nada más verlo acercarse, el grupo se levanta con una prisa confundida y se escabulle hacia la calle evitando cruzarle la mirada. Sólo queda sentado Don Mendigo, apurando un resto de cervecita y echándose al coleto unos garbanzos fritos de los que le regala el vendedor ambulante.

- Mira tú que no son más que garbanzos fritos, Sabueso, pero qué partido les saca el jodido. No te los cambio por nada de lo que se maquine en las cocinas del Alfaguara, ni del Mondadori, ni del Planeta.

- Hay que joderse… - sonríe, pero tan atravesado que quienes observan en silencio apartan la mirada con el pudor sobrecogido del que contempla cicatrices y cuellos cercenados.

- Bueno, ¿Qué es esta vez? – dispara Don Mendigo, con el ánimo matón que le infunde el detective y también, por qué no decirlo, disfrutando la atención que convoca su visitante.

- Trabajo…

- Ya sabes cómo va esto: di un nombre y yo te respondo. Sin miedo.

El televisor, que hasta ese momento ha sido una cháchara incómoda de verdulero de barrio estalla en un grito de “GOL” excesivamente festivo y anticlimático que sólo sirve para constatar el silencio preocupado que ha contagiado a la concurrencia. A Juan se le encienden los carrillos de vergüenza y hace malabares con el mando hasta que atina con el botoncito rojo, dejando al verdulero a mitad de un quebrado “oooooooool” que a nadie le importa. El silencio se afila y sólo contrasta el sonido de los niños jugando en la calle.

Don Mendigo se sabe en su salsa y se retrepa masticando un par de garbanzos más: - ¿bien?

- Patricio Pron.

- Ayyy…… Los argentinos. Por lo que me huelo, muy turbio. Igual has pinchado en mierda de la buena, ¿quién sabe? Lo que sí te puedo jurar es que le trae el periódico a Mondadori y jamás le sacarás nada en contra de Don Cavaliere. No hace falta que te diga lo del “premio jaén de novela”, así con minúscula, por lo que se cuenta.

- ¿Qué se cuenta? – Sabueso aprieta las tuercas, porque trae la rabia a flor de piel, o quizá porque no hay días buenos para el Sabueso.

- Nada del otro jueves: el “premio jaén de novela” lo concede Mondadori, y la convocatoria abierta es un paripé para que Pron o cualquier otro chico de los recados salte a la portada de las revistas del lobby… Las revistas se venden por efecto convocatoria, la opinión crítica se vuelve unánime, el prestigio se cimenta y dilata la figura del escritor como el que hincha un globo, lo que repercute en las ventas finales del libro. Pasta para todos y colorín colorado. ¿Puede ser buen libro para alguien? La literatura es infinita, pero la buena literatura…

Don Mendigo sonríe sin arrastrar cierta melancolía de la comisura, y Sabueso tiene la agudeza de cazar el brillo súbito con que su interlocutor clava la vista en Juan lo que dura un parpadeo. Intrigado y tenso, el detective desvía los ojos hacia el tabernero que pela pistachos y da miradas desganadas a la televisión apagada acodado en el rincón más cercano de la barra.

- Depende de lo que busques, de tu criterio, de tus lecturas, de si te llevaron al circo de niño y no eres un coñazo. La cruda realidad es que la crítica literaria la escriben los ganadores. Basta que una editorial ejerza una influencia determinante en cierta nómina de autores para que se refrende toda su apuesta literaria con el embrujo de la herencia. Granta jugó a la demagogia y ganó. Qué leer ratonea por los rincones y juega según la mano que le repartan. Luego está toda la mafia cultural de Quimera y el salto de lo quijotesco a lo esperpéntico (espero que no a lo delictivo) que avergüenza a propios y extraños.

Ésta vez más atento, Sabueso sigue la mirada de Don Mendigo hacia el parque más allá, detrás del garbancero que acaba de desmontar su puesto con un cigarrillo entre los labios y una sonrisa que le dobla el bigote con tal simpatía que no puede evitar recordarle a un Super Mario de pueblo. Sabueso pronto encuentra sentados en un banco y comiendo la merienda el objeto de la mirada de su confidente y arruga el gesto: raterillos, levantacarteras y rajabolsillos. Conoce bien al cabecilla, Vicentito, de familia acomodada, cristiana y trabajadora, y se pregunta cómo ha llegado el chaval a eso. En realidad, los conoce a todos, y le da especial acidez por no decir pena y asco, el niño, Antoñito, quien desde que se junta con ellos no hace más que reírles las gracias y hacerles cucamonas para congraciarse. La vieja historia: carne de cañón, cabeza de turco, como quieras llamarlo. Recuerda que, para molarle más a sus amigotes mayores, hasta se ha cambiado el nombre por uno que suena como a rapero judío. No puede evitar desearles que se les atragante la nocilla.

- Abstrayendo de ahí hacia LO literario, - continúa Don Mendigo -, entramos en lo íntimo y ahí no hay nada que hacer, nos damos de narices con el infinito. Lee y deja leer. Yo mismo podría darte una historia de la literatura que no reconoce ni su puta madre porque es MI historia de la literatura y recoge mis influencias personales. Pero claro, lejos de los PRESTIGIOS concedidos, de las SIMPATÍAS literarias que aceptes o invites a tu mismidad, existen unos PRESTIGIOS espurios y malcalzados que crean el CANON de influjo. Huye de éste, léelo todo con distancias, tapia la puerta y corta el cable. Busca el VALOR, que tiene academia, rigor y contraste obvio… Pero no sé porqué te cuento esto, cuando tú eres tú porque tienes ese instinto natural para el valor literario, ¿Verdad?

- Me falta escuela…

- ¡Toma!¡Y a Cervantes y a Quevedo y a Lope! A ver si te piensas que esos tuvieron una preparación ni de lejos parecida a la que han tenido ninguno de los que están de cháchara en este salón. Cervantes lo mismo llegó a leerse cien libros, Lope más porque, si escribió alguno, además tuvo que corregir los que le escribían otros y Miguel Hernández pasó toda su juventud pastoreando y sólo pudo desarrollarse como escritor a las puertas de la guerra civil, lo que no le facilitó tampoco mucho el acceso al material… La erudición, la culturilla y el enteradismo no son más que grados de falta de talento y, aunque te suene paradójico, ignorancia; que no te engañe nadie. Ya quisiera yo, y muchos como yo, olvidar todo cuanto sé y escribir el Lazarillo en un brote de frescura. Ya quisiera yo escribir diez obras maestras con sólo doscientas palabras. Todo lo demás, es estafa, así de claro. Si quieres coger por las pelotas a Mondadori y señalarles a todos lo desnudo que desfila Pron, investiga la conexión alemana de los argentinos y sobre todo, encuentra a Luther Blissett antes de que lo hagan ellos.

- ¿¡Tengo a Mondadori!?

Exigió ansioso Sabueso. Pero no tuvo tiempo a recibir respuesta alguna. La puerta se abrió con un crujido que hizo que todos volviesen la vista sobresaltados. En el marco, la silueta de una señora mayor vestida con un camisón y el pelo alborotado por el viento, pasaba a tirones un carrito mugriento por la entrada. En cuanto lo consiguió, alzó unos ojos desquiciados que brillaban entre sus greñas canas y repasó con una mirada terrible a la concurrencia que se aprestaba a recoger los bártulos y abonar lo consumido antes de salir por pies. Siempre había problemas cuando entraba Margaret en la taberna y mejor largarse pronto antes de que la tomase con ninguno. Juan se restregó la boca guardándose las malas maneras e implorando paciencia.

- Mira, Margaret, esto es un negocio: sal ahora mismo de aquí o llamo a la policía. – le anunció, consiguiendo que la concurrencia se detuviese con la esperanza de que todo acabase pronto.

Pero Margaret no se había ganado su apodo por nada. Antes que venirse a lo razonable de la petición, se volvió hacia el tabernero con los dientes apretados y las manos en un puño, presa de un odio profundo e irracional que la hizo estallar en insultos:

- ¡Castrado! ¡Hijo de puta! ¡Fascista! ¡Dafne, ayuda! ¡Impostor! ¡Reprimido! ¡Vendido! – y así se pasó un buen rato, entre insultos y un diálogo con su amiga imaginaria, la que era conocida en el barrio como la Sargento Margaret, por vete tú a saber qué motivo.

martes, 3 de abril de 2012

LA TABERNA DE JUAN (v. 3.0)

CAPÍTULO I (v. 3.0)

LA TABERNA DE JUAN

Ya no queda nada de sol y empiezan a aparecer los habituales de la taberna de Juan. El primero, con su corte de amigotes y verbeneros es Don Mendigo, un cliente de siempre que se describe como en barbecho en lo que atañe a trabajar y que se pasa las lindas tardes de ronda por el barrio. A Juan le da bastante pena, con ciertas reservas, claro, y lo deja ocupar la mesa del rincón, donde sólo molesta con sus gritos exaltados cuando el debate literario se calienta.

Juan sonríe la ironía que unos vagos reconocidos como ellos hablen de literatura como si se les mentase la madre, pero vivir es ver, y los deja estar porque dentro de sí piensa, cuidando que no se le note, que al menos allí, dando voces en el rincón de su bar, están recogidos. Nada más que cuando se les oye por encima del futbol los manda callar con un “¡que esto es un negocio!” que los trae al orden inmediatamente y siguen en susurros.

Don Mendigo, por su parte, no es más que un piquito de oro que tiene encandilados a los balas perdidas del barrio. Talento tiene, pero pocas ganas de calentarse los sesos sobre el papel o poner en orden todo lo que se le pasa por la cabeza. “¡Pues hazte poeta!” le gritó un día Juan, cansado de verlo desperdiciar su sensibilidad, su inteligencia y el tiempo, o hablar como si se limpiase el culo con el Quijote. Don Mendigo se levantó como el rayo, con cara de no reconocer ni a su padre de tan insultado, y con la provocación exacta y la premeditación fría de su venenosa inteligencia le espetó:

  - Cómo se nota que a ti tu padre nunca te llevó al circo.

Juan se tragó la respuesta para no liarla, y sacó el paño mugriento para quitar las marcas de vaso del mostrador y pasar el calentón. Don Mendigo, culpable y abochornado por su salida, susurró entonces una frase que Juan aún recuerda y que le viene a la memoria cada vez que el otro se exalta, porque bastaba entender la frase para entender a Don Mendigo y su manera de llevar la vida. Dijo:

- Mira Juan, la literatura es infinita, pero la buena literatura es finita.

A Juan le acababan de poner las palabras exactas a un sentimiento y entendió en el del otro su propio miedo a fracasar en lo que más amaba.

Lo que no le cabía duda a nadie que lo escuchase es que Don Mendigo sabía de lo que se hablaba cuando hablaba de libros. Él decía siempre que era sentido común.

  - Vamos, amigo, que uno no es un masoquista, un libro es un contrato, no un secuestro. En cuanto decido que hay que parar, la cosa se enfría. Aunque normalmente, cuando decido parar es porque la cosa está ya siberia. – Don Mendigo se interrumpe para oír la carcajada general, que llega en un segundo y luego se adelanta a añadir – Decidme uno, sólo un libro que tenga todas las palabras que tiene que tener y ni una más. Esas cosas ya no se hacen, menos aún cuando nos da vergüenza llamar novela a cien paginitas, y más pagar. Un libro ahora son trescientas páginas y ni una menos. Páginas. No palabras. No digo que sepa las palabras que harían falta para hablar de amor, o dolor, o pena o para explicarle a un ciego el parque del Retiro. La vida no son palabras, pero se engaña muy bien, o se engañaba con ellas. Yo no he sido capaz de atar nada en cien páginas…

- ¿Pero tú escribes, gandul?- grita uno del corrillo, por herir y resarcirse, pero también por seguir con la broma y que no se le note la mala sangre.

- Si a eso se le puede llamar escribir… - concede Don Mendigo a su audiencia, que se carcajea sin entender lo fino que hila aquel encantador de serpientes.

Juan sería feliz si sólo Don Mendigo y su labia aterrorizasen a su parroquia, pero tanta algarabía atrae a otros más discretos que, nada más verlo en el centro del corrillo, se le acercan al oído o lo apartan hasta la puerta del baño con no se qué tratos. Juan desconfía de todos los que pasan como al descuido, miran por los cristales, entran sin saludar y se lanzan hacia el fondo con el paso decidido y las intenciones turbias. 

Cada vez que Juan ve una silueta detenerse de golpe y escrutar tras los cristales rotulados, mira al resto de la concurrencia por instinto. Los abuelos ni se enteran de lo que pasa a su alrededor y les da tanto igual venir a la taberna de Juan como mudarse a la de enfrente, según les de el solecito y el vermuth esté aceptable. Juegan rondas infinitas de mus y hablan de las novias que tuvieron en el pueblo, alguno menciona una guerra en la que no peleó, y otro se saca su colección intacta de cromos de caballeros templarios del bolsillo, regando de polvo la mesa en el ansia por mostrarla. Juan por quienes se preocupa es por los trajeados de las cinco. Tres señores muy bien presentados que a él le recuerdan siempre una camisa en su caja, tan dobladita y pulcra, como de comunión. Nadie sabe exactamente por qué vienen aquí a pedir té, pero Juan, que es una caja de sorpresas, rebusca bajo la barra y les prepara tres tazas.

Don Mendigo, cuando los vio por primera vez silbó por lo bajo y le guiñó un ojo a Juan.

- ¡Pues sí que estás tú bien relacionado…! - dejó caer entre admirado y guasón.

- Esto es un negocio, mejor ellos que vosotros, digo yo – Juan no alzaba la vista de lo que fingiera estar haciendo por evitar cruzar los ojos con los de su cliente habitual y, como sacada de la nada, le plantó en las narices una caña a Don Mendigo.

- Si yo no digo nada. – aclaró con media sonrisa Mendigo apropiándose de la cerveza y desapareciendo, que es gerundio, antes de que los tres pintones requetevestidos se acercasen tanto más.

Juan, que ya los esperaba con su sonrisa ensayada de orla escolar, había limpiado la madera cuarteada y sacado los tres estuches de azucarillo.

- Buenas tardes, señor Alfaguara. Buenas tardes, señor Mondadori. Buenas tardes, señor Planeta. ¿Lo de siempre?