CAPÍTULO IV
LO INDECENTE DE LAS HORAS
Rafael el
garbancero no tienta el whisky con ansia, lo reposa, lo estruja dentro de la
boca y lo traga hecho un gargajo. No busca la compañía de nadie ni invita a los
parroquianos. Sólo se acoda con la paciente meditación ensimismada del que está
esperando.
Tanto Juan
como Don Mendigo ya se lo han visto hacer demasiadas veces como para no saber
qué se avecina. Juan nunca acierta a saber cómo sentirse. El maestro – no EL
Maestro aquel que ya mencioné, sino otro, un tercer maestro – siempre pasa poco
antes de que Juan decida que no hay más que rascar de los cuatro clientes que
le puedan quedar y les explique que ya ni se sirve ni se pone más futbol, que
aire.
El garbacero
- por lo que se ve, el único que conoce cuándo aparecerá el otro -, espera sin
reproches entre trago y trago a que asome la jeta cuando le salga de sus santos
cojones, porque hasta para presentarse hay que tener cierta elegancia miserable
y cierto desparpajo canalla, luego dirá que el pañuelo le hacía una arruga o
que le mata un mechón rebelde de la sien, pero lo que quiere insinuar con todo
eso es que hay quien sabe aparecer sólo cuando tiene que aparecer. Se lo
consiente porque de tarde en tarde, aprovechando lo indecente de las horas y el
silencio que sigue a la escarchada, pueden hablar a gusto y sin interrupciones.
Hasta le divierte sospechar que este otro maestro sólo entrará cuando sepa que
va a encontrárselo con las mejillas encendidas, con el brillo dispuesto en la
mirada y el testamento de flequillo ralo y desordenado.
Por eso Juan
no sabe si quedarse y participar o desaparecer tras la cortinilla de cuentas con
la excusa de lavar los platos. Al pasar junto a Don Mendigo le echa una mirada
opaca, formularia, en la que, si no lo conociese, entresacaría un cierto desdén
herido, pero lo conoce lo suficiente para nadar más profundo. Sabe que sólo va
a admitir sobre sí algo que resulte inofensivo o tenga bien pensado, pero con
Don Mendigo fracasa y se le queda la palabra en la boca, como un hilito de
saliva, cuando le lee las intenciones sin alcanzar a entender de dónde saca aquel
tanta certeza con tan poco. Juan es un materialista y un determinista sin
solución que piensa que siguiendo la lógica se le cogen las vueltas a los sentimientos.
Vamos, ni un puntito más allá de lo que graznan los cartesianos. Mendigo sonríe
mucho y disculpa aún más su torpeza, le cita entonces aquello de Terencio y el
otro, por no hacerse de menos, - que la licenciatura en románicas pesa cuando
te hacen gol en casa -, jura que ya lo sabía y cambia el tema. Pero no, Juan no
tiene ni la más pajolera idea de qué significa “hombre soy y nada en el hombre
me es extraño”, le falta sentido común para entender toda la estupidez y la
vanidad que hay en distinguir entre uno mismo y el resto de la creación. Don
Mendigo lo deja todo correr y le promete que se lo perdona si le invita a una
cerveza. Como Juan sale de la conversación reafirmado en sus teorías, agita la
cabeza suspirando convencido que todo ha sido una triquiñuela infantil para
sacarle bebida gratis. Con la cerveza en la mano, Mendigo no pasa el trago frío
que le atraganta cuando entiende lo irremediablemente lejos que están uno del
otro y no le queda más que la resignación de aceptar que nunca serán amigos.
Tras los
cristales, con la persiana metálica a medio cerrar, sólo se percibe el charco
de fósforo de las farolas. Juan se ha dejado la puerta sin cerrar para que pase
el maestro y se dedica a amontonar todas las sillas en una torre para adecentar
el suelo de la taberna. Una silueta pisa la luz naranja y cambia el paso. Asoman
unos ojillos cadavéricos y muy azules entre la B y la E rotuladas en los
cristales. Juan le hace señal de que no está cerrado.
La puerta
cruje como por megafonía y dos piernas pasan tanteando y con la atención puesta
en no restregarse contra nada. El maestro siempre viene de punta en blanco, un
figurín divo y arcaico, con el aire pretendido de haber perdido Cuba hace poco.
Muy fumador y muy señorito, tiene las canas tan engominadas como los dedos
amarillos de la nicotina. Pero nadie se fija nunca en eso, lo primero en lo que
te fijas es en el filo de los pómulos y lo azul que le brillan los ojos al
fondo de sus cuencas o en el empotre de sus mejillas contra los dientes, la línea
de la mandíbula y la frente huesuda y amplia. El garbancero se vuelve en el
asiento y salta al suelo con paticortez asumida.
- ¡Monterito!
– alza los brazos estorbado por el corte de la chaqueta que le hunde más la
cabeza entre los hombros.
- Rafael, qué
bien te veo, y no mientas y me digas que tú a mí. De sobra sabemos lo de las
tres puñaladas, estamos fuera de esas cortesías de capote raído.
- No sabía
que fuesen puñaladas en concreto, entendía que eran heridas sin concretar.
- En
abstracto, basta que duelan y pudran el aire. Luego estamos tú, yo y los demás
del hampa, que nos remangamos y nos ponemos a suponerle percha, carácter, lugar
y fecha. Ni siquiera ahí acabamos, nos descamisamos y entramos en la combinación,
así, en frío, que es sólo preparación, anticipo de la verdadera escritura. En
la combinación nos pasamos la mayor parte del tiempo descartando, y sólo, muy
al final, con la hora pegada al culo, escribimos las únicas certezas que hemos
sacado en todo el día, y sólo porque no se nos olviden al día siguiente.
- ¿Es que hay
otra cosa sobre la que merezca la pena escribir que de amor, vida y muerte?
- ¿Es que la
escritura se inventó para otra cosa? ¿Vale para otra cosa? ¿Se ha intentado
siquiera? Risa me dan los que hablan de cambiar la literatura, como si
antesdeayer hubiese sido otra cosa, y no siguiesen, de proponérselo, el rastro
de su identidad – o lo perdiesen los más imbéciles – hasta el primer pintarrajo
sobre el techo de una cueva.
- Los cambios
de generación o de movimiento culturales no son tales salvo por el uso…
- La percha
lo llamo yo – apuntó Monterito, con un finito que le había aparecido entre los
dedos como por arte de magia.
- …salvo por
el uso de las ideas al servicio de la instrumentalidad artística.
- Ahí te veo
y no te reconozco: el arte = ar(ie)te. Ya te lo formulo yo en ésta servilleta
que muy generosamente cede Juan, Alberto o el Cide Hamete Benengeli. –
Monterito garabatea con el bic de tomar nota que Juan trae en el bolsillo de la
camisa, clava un punto enérgico en la madera barnizada y tira el bolígrafo a un
lado y el papel al suelo. Da un trago largo y sigue. - Pues te veo blando y
jipi, Rafael. Tú que tenías perfiles duros. Recuerdo tus títulos y tu falta de
piedad, debajo de la broma y las frases volcadas del inglés, que ese Clot
soltaba entre el calzoneo y la insustancialidad repentizada. Como si contigo no
hubiese que madrugar para cogerte con el pie cambiado. O mejor, ahora que lo
pienso, como si te apretase las tuercas un editor. Tu idea-ariete es emular al
estilo del príncipe romántico que dedica poemas a los nenúfares el oficio del
escritor por palabras y la muy buena escuela de escritura que fue la novela de
género. Es un libro hermoso y feliz, en el que lo tocas todo: un espinazo
argumental detectivesco, un contexto de ciencia ficción, un sospechoso de
novela rosa, otro de novela fantástica, un desaparecido de novela del oeste… Igualas
unas ostias como panes con el espionaje corporativo, las tetas de la secretaria
con el ADN, una guerra que perdimos con la calvicie y todo para que la gente no
respingue del asiento. Utilizas el recurso del marco de extrañamiento
literario, mezclas hasta dar una vuelta de tuerca realidad y ficción y realidad
y ficción y…. Te pasas doscientas páginas dando sopas con onda literaria para
que te digan que es divertida. Pues apaga y vámonos. Cuando yo me río contigo y
nadie más nos acompaña, es una risa de rendición, por lo que me insinúas.
- La gente ya
no tiene quien les enseñe a leer. Es la pobreza de querer abarcar tanto o
llegar tan rápido, que ni llegas ni abarcas, pero te sabe igual. Aunque ese no
es el tema, que te veo caliente con lo de la fama que nos merecemos o no. El
tema es si la literatura se renueva o comemos de lo recalentado.
- Frente a
tanto iluminado, me atrinchero en la subversión de lo viejo y lo mío, como tú.
- Así que,
estamos de acuerdo en que no hay movimientos culturales sino espinosos think-tanks que alcanzan el beneplácito
del ideal cultural. – establece el garbancero, quien en la intimidad, como
puede concluirse, tiene muy poco de golosinero.
- O vete tú a
saber – ríe Monterito – Todas las “etapas” culturales establecidas,
escudriñadas con cierta atención, vienen de la mano de un giro en el
pensamiento burgués que acaba contagiando el espectro social completo. La
filosofía siempre ha significado inteligencia, y la inteligencia es modernidad.
Mira a Kant. Semejante tío soso, inquietante excéntrico social, que era el señor
raro de su pueblo. Saca el lema de los raros al poder y todos raros por tres
siglos. Despojó a la normalidad de su decencia. Por eso no cala Galdós más que
por su inconfesable afición a las groupies,
su vejez destartalada y patética o esa chinchorrera republicanía de la que
nunca descabalgó por mercadería y crematística.
- La vida, el
amor y la muerte, de nuevo, Monterito.
- Acuérdate
de E.T. correteando disfrazado de señora.
- Me lo dejas
a huevo ¿y la posmodernidad?
- Su propio
nombre lo indica: son las sobras recalentadas de la modernidad americana.
¿Conoces a alguien que no lea novela americana? ¿Qué no te recite esos párrafos
de preescolar tan insustanciales? Podemos entrar en la diferencia entre América
y Europa, cuando la hubo, pero déjame pedir otro vinito.