Los papeles de Don Mendigo

     Juan barre entre las piernas de aquel y amontona, con las cáscaras de pistacho y las cabezas de gamba, una servilleta garabateada. Si ésto fuese el mundo real - como ocurre cada día - esa celulosa frágil, con la tinta calada y desvaída por el surco inapropiado de la fibra, nadie leería sus comadreos con la basura. Pero la literatura es un desperdicio también, si no se empeña en imposibles. Así que, suspendemos la acción. Le quito el verbo a Don Mendigo, le quito el enfurruñe curioso y despistado, quizá altanero a Juan, detengo la escoba, suspendo todas las leyes de la termodinámica: las luces no parpadean, el tiempo no pasa, la gente se aguanta las ganas de mear.

     Entonces recojo el papelito y lo desenrollo, lo leo primero para mí y luego lo traigo desde esa contingencia de la verosimilitud del relato hasta encuadrarlo en el punto de vista que os planteo.

     "Escribir es un martirio. Escribo en tramos cortos y difíciles. Me aterraría intentar una novela. Una novela es una quimera literaria interrumpida constantemente por párrafos vergonzantes. Una novela es un acto de voluntad y no un acto de expresión. Pienso en novela y no me veo de otra manera más que reescribiendo una y otra vez -en un círculo de deudas y descubrimientos-, cada uno de los pequeños fragmentos de los que la dotara. Un círculo de abundamiento y terca ficción que acabaría cosiéndome a la letra y destejiéndome de la carne."

      Don Mendigo es un escritor torpe y aturullado que aprendió a escribir de otros, nunca tuvo la confianza de serenarse y dejar brotar su estilo. Ahora puede entender las voces del relato, apropiarse de ellas en estilo indirecto libre y disimular, como ha visto mil veces, lo raquítico de su inspiración con parejitas de adjetivos que pasan como aclaraciones. Si Don Mendigo tiene algo que pueda llamarse estilo personal es su incapacidad para definir de una vez y para siempre.

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