CAPÍTULO III
LA MANO QUE NOS TOCA
- ¡Que vale,
que sí, que todo eso! – gritaba Juan sin parar a Margaret –
¡Ahora déjame tranquilo de una puta vez!
- Margaret – susurró
al acercarse el Sabueso que ya se marchaba y bastante más satisfecho con las
respuestas que había conseguido de lo que indicaban su mentón apretado y el
resoplido con que se despidió.
La señora,
turbada por la inesperada presencia del detective, tuvo un instante de
desconcierto que pasó a una sonrisa dulce conforme le tendía la mano. Sabueso
la recogió con delicadeza y le posó un beso en el dorso. Juan no daba crédito a
la escena. Jamás hubiese sospechado que un malnacido como el Sabueso, ese huelebraguetas
malpagado, ese apaleado por las letras y la vida guardase la más mínima bondad
en el cajón infecto de su alma.
- ¿Me
acompañas? – le susurró en un tono que en su voz rajada, vibrante, calcinada
jamás se hubiese sospechado, un susurro que nunca hubieses concebido de no oírlo.
- Donde quiera
que me lleve, caballero, faltaría más – respondió Margaret, colgándose como
desmayada de su codo con una ternura coqueta y adulada – Hace tanto tiempo que
desapareciste… y a todo esto ¿qué pintas tú en este antro?
- Gajes del
oficio.
- … y mira en
qué ha quedado el oficio… ¿Porqué te
fuiste?
- Las
personas cambian.
- Tú no
cambias, sólo desapareces de cuando en cuando. No sabes la de corazones rotos
que dejaste tras de ti – ríe con un tono cantarino, juvenil, invitador y
aprieta el abrazo - ¿Vas quedarte mucho esta vez?
- Si hay
trabajo.
- Quédate, Sabueso
– rogó feroz y clavando las uñas en la gabardina – No vuelvas a irte ¿quieres
verme rogar? Bien, si así lo quieres, lo haré. Mírame, sólo mírame y dime que
no te importa nada, que lo haces por dinero. La segunda vez no dolerá tanto.
- No lo sé
todavía… – respondió bajando la vista, y lo que minutos antes eran dos espejos escarchados,
se habían opacado con el humo de algún recuerdo – Hacíamos buena pareja…
- Éramos LA pareja, Sabueso. –rió y lo sacó de la taberna de Juan dejando sólo
el tintineo de su risa tras el vuelo de su camisón.
Los
habituales, intercambiando miradas de una sorpresa infantil, regresaban a sus
sillas y el bullicio y la cháchara volvían a llenar el ambiente. Juan, tan
confundido como el resto, trasegando la escena como atragantado, convaleciente,
perplejo, se deshizo de las consideraciones con un cabeceo y volvió a encender
el televisor que parpadeó con el verde del césped y las minúsculas,
insignificantes criaturillas que retozaban sobre él como en un parque el
solsticio de verano.
- ¡Eso sí es
una cantera, y no lo tuyo! – gritó desde la puerta el garbancero sonriendo;
quien, cerrado el puesto, se arrimaba cada noche a tomar la última.
- …dijo el
Lobo Estepario – respondió Juan bordeando la barra para plantarle un abrazo
como dios manda.
El garbancero
se dejó abrazar antes de pasar a mayores, que en su infinita sabiduría popular
y su buen saber hacer, consistía en elegir el matarratas.
- Un Label,
ya sabes cual, mindundi.
- Para el maestro, siempre a cuenta de la casa.
- No te
confundas, que mal vienen dadas entonces. El Maestro es el Maestro, y el de las
golosinas es el de las golosinas. Yo sé de golosinas tanto como el Maestro sabe
de magisterio. Yo digo que por perro viejo y apaleado, pero que cada cual opine.
A mí dejadme de ínfulas y tronos que lo que yo te traigo viene sin zarandajas,
viene porque me sale. Viene porque ni yo me aclaro si hablamos de experiencia o
de iluminación, viene como nace un potro, porque tiene que reventar ello o yo. Viene
a tientas, Juanito, pero viene. Al cabo, el asunto no tiene más enjundia que la
del sentido común del chucho: si te sale te sale, si no te sale, métete a
fontanero que está muy bien pagado.
- Rafael, tú
te maltratas cuando cuentas de ti.
- Hay que
mirarse mucho para entender lo poco serios que somos. Todos. Hay que entender
que el cielo está cerrado por aforo y que nos huele la mierda a todos.
- Te ha
salido un ripio.
- Me ha
salido una mala lira o un haiku posmoderno, tanto da. Si ofende tu purismo, pues
lo retiro y me disculpo. Ya está.
- Cuidado con
lo de posmoderno, que da unas coces de impresión. Si te lo diré yo…
- Tan
sibarita que hasta le busca sentido a lo de Malherido.
- ¿Va de coña
o rima de casualidad?
- Bah! No te
enfurruñes, que eres muy fácil de enfadar y ponme un poco de hielo que esto no
emborracha nada.
Juan entonces
se aparta hasta la hielera y el garbancero le toma un tiento preciosista, como
miniado, al vaso, y se seca el bigote antes de paladear.
Fuera, en la
calle, los niños que jugueteaban un momento antes, nada que ver con los
maleantes en los bancos, los del bocadillo de nocilla, se han acercado a la
puerta y miran cada gesto del garbancero con intenciones. Rafael se vuelve
hacia la puerta guasón y fingiendo sorpresa.
- y ¿qué buscáis
vosotros?
- ¿Tienes
garbanzos? – salta el más dispuesto.
- Eso depende…
- Son para nosotros,
lo juro. No nos manda el Vicentito.
- Ni Sergi
Bellver, espero. Todavía me acuerdo de la última…
- Que no, de
verdad.
- Mira,
porque sois unos cabezas locas y todavía no sabéis dónde os metéis, os lo
recuerdo: ni las gracias les deis a esos, ¿está claro?
- Que sí, que
ya lo sabemos, que no queremos líos, que sólo queremos garbanzos, porfa.
- Manolito ya
me lo ha dicho, y tú, Juan Soto ¿qué?
-Que sí, que ya
lo sabemos, que no queremos líos, que sólo queremos garbanzos, porfa.
- Una cosa
más antes de daros nada: ¿de qué estaba hecha la pelota?
Un titubeo,
un intercambio de miradas inseguras, hasta que al final el asturiano, haciendo
de pella paquete, responde:
- un libro de
cuentos…
- Has salido
más listo que el hambre, sinvergüenza. – ríe el garbancero rebuscando en el
cesto de mimbres – Anda, tomad y que no os vea el pelo hasta que seáis hombres
de provecho.
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