CAPÍTULO I (v. 3.0)
LA TABERNA DE JUAN
Ya no queda
nada de sol y empiezan a aparecer los habituales de la taberna de Juan. El
primero, con su corte de amigotes y verbeneros es Don Mendigo, un cliente de
siempre que se describe como en barbecho en lo que atañe a trabajar y que se
pasa las lindas tardes de ronda por el barrio. A Juan le da bastante pena, con ciertas
reservas, claro, y lo deja ocupar la mesa del rincón, donde sólo molesta con
sus gritos exaltados cuando el debate literario se calienta.
Juan sonríe la
ironía que unos vagos reconocidos como ellos hablen de literatura como si se
les mentase la madre, pero vivir es ver, y los deja estar porque dentro de sí
piensa, cuidando que no se le note, que al menos allí, dando voces en el rincón
de su bar, están recogidos. Nada más que cuando se les oye por encima del
futbol los manda callar con un “¡que esto es un negocio!” que los trae al orden
inmediatamente y siguen en susurros.
Don Mendigo,
por su parte, no es más que un piquito de oro que tiene encandilados a los balas perdidas del barrio. Talento
tiene, pero pocas ganas de calentarse los sesos sobre el papel o poner en orden
todo lo que se le pasa por la cabeza. “¡Pues hazte poeta!” le gritó un día
Juan, cansado de verlo desperdiciar su sensibilidad, su inteligencia y el
tiempo, o hablar como si se limpiase el culo con el Quijote. Don Mendigo se
levantó como el rayo, con cara de no reconocer ni a su padre de tan insultado,
y con la provocación exacta y la premeditación fría de su venenosa inteligencia
le espetó:
- Cómo se nota que a ti tu padre nunca te
llevó al circo.
Juan se tragó
la respuesta para no liarla, y sacó el paño mugriento para quitar las marcas de
vaso del mostrador y pasar el calentón. Don Mendigo, culpable y abochornado por
su salida, susurró entonces una frase que Juan aún recuerda y que le viene a la
memoria cada vez que el otro se exalta, porque bastaba entender la frase para
entender a Don Mendigo y su manera de llevar la vida. Dijo:
- Mira Juan,
la literatura es infinita, pero la buena literatura es finita.
A Juan le
acababan de poner las palabras exactas a un sentimiento y entendió en el del
otro su propio miedo a fracasar en lo que más amaba.
Lo que no le
cabía duda a nadie que lo escuchase es que Don Mendigo sabía de lo que se
hablaba cuando hablaba de libros. Él decía siempre que era sentido común.
- Vamos, amigo, que uno no es un masoquista,
un libro es un contrato, no un secuestro. En cuanto decido que hay que parar,
la cosa se enfría. Aunque normalmente, cuando decido parar es porque la cosa
está ya siberia. – Don Mendigo se
interrumpe para oír la carcajada general, que llega en un segundo y luego se adelanta
a añadir – Decidme uno, sólo un libro que tenga todas las palabras que tiene
que tener y ni una más. Esas cosas ya no se hacen, menos aún cuando nos da
vergüenza llamar novela a cien paginitas, y más pagar. Un libro ahora son
trescientas páginas y ni una menos. Páginas. No palabras. No digo que sepa las
palabras que harían falta para hablar de amor, o dolor, o pena o para
explicarle a un ciego el parque del Retiro. La vida no son palabras, pero se
engaña muy bien, o se engañaba con ellas. Yo no he sido capaz de atar nada en
cien páginas…
- ¿Pero tú
escribes, gandul?- grita uno del corrillo, por herir y resarcirse, pero también
por seguir con la broma y que no se le note la mala sangre.
- Si a eso se
le puede llamar escribir… - concede Don Mendigo a su audiencia, que se carcajea
sin entender lo fino que hila aquel encantador de serpientes.
Juan sería
feliz si sólo Don Mendigo y su labia aterrorizasen a su parroquia, pero tanta
algarabía atrae a otros más discretos que, nada más verlo en el centro del
corrillo, se le acercan al oído o lo apartan hasta la puerta del baño con no se
qué tratos. Juan desconfía de todos los que pasan como al descuido, miran por
los cristales, entran sin saludar y se lanzan hacia el fondo con el paso
decidido y las intenciones turbias.
Cada vez que Juan
ve una silueta detenerse de golpe y escrutar tras los cristales rotulados, mira
al resto de la concurrencia por instinto. Los abuelos ni se enteran de lo que
pasa a su alrededor y les da tanto igual venir a la taberna de Juan como
mudarse a la de enfrente, según les de el solecito y el vermuth esté aceptable.
Juegan rondas infinitas de mus y hablan de las novias que tuvieron en el
pueblo, alguno menciona una guerra en la que no peleó, y otro se saca su
colección intacta de cromos de caballeros templarios del bolsillo, regando de
polvo la mesa en el ansia por mostrarla. Juan por quienes se preocupa es por los
trajeados de las cinco. Tres señores muy bien presentados que a él le recuerdan
siempre una camisa en su caja, tan dobladita y pulcra, como de comunión. Nadie
sabe exactamente por qué vienen aquí a pedir té, pero Juan, que es una caja de
sorpresas, rebusca bajo la barra y les prepara tres tazas.
Don Mendigo,
cuando los vio por primera vez silbó por lo bajo y le guiñó un ojo a Juan.
- ¡Pues sí
que estás tú bien relacionado…! - dejó caer entre admirado y guasón.
- Esto es un
negocio, mejor ellos que vosotros, digo yo – Juan no alzaba la vista de lo que
fingiera estar haciendo por evitar cruzar los ojos con los de su cliente
habitual y, como sacada de la nada, le plantó en las narices una caña a Don
Mendigo.
- Si yo no
digo nada. – aclaró con media sonrisa Mendigo apropiándose de la cerveza y
desapareciendo, que es gerundio, antes de que los tres pintones requetevestidos
se acercasen tanto más.
Juan, que ya
los esperaba con su sonrisa ensayada de orla escolar, había limpiado la madera
cuarteada y sacado los tres estuches de azucarillo.
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