martes, 3 de abril de 2012

LA TABERNA DE JUAN (v. 3.0)

CAPÍTULO I (v. 3.0)

LA TABERNA DE JUAN

Ya no queda nada de sol y empiezan a aparecer los habituales de la taberna de Juan. El primero, con su corte de amigotes y verbeneros es Don Mendigo, un cliente de siempre que se describe como en barbecho en lo que atañe a trabajar y que se pasa las lindas tardes de ronda por el barrio. A Juan le da bastante pena, con ciertas reservas, claro, y lo deja ocupar la mesa del rincón, donde sólo molesta con sus gritos exaltados cuando el debate literario se calienta.

Juan sonríe la ironía que unos vagos reconocidos como ellos hablen de literatura como si se les mentase la madre, pero vivir es ver, y los deja estar porque dentro de sí piensa, cuidando que no se le note, que al menos allí, dando voces en el rincón de su bar, están recogidos. Nada más que cuando se les oye por encima del futbol los manda callar con un “¡que esto es un negocio!” que los trae al orden inmediatamente y siguen en susurros.

Don Mendigo, por su parte, no es más que un piquito de oro que tiene encandilados a los balas perdidas del barrio. Talento tiene, pero pocas ganas de calentarse los sesos sobre el papel o poner en orden todo lo que se le pasa por la cabeza. “¡Pues hazte poeta!” le gritó un día Juan, cansado de verlo desperdiciar su sensibilidad, su inteligencia y el tiempo, o hablar como si se limpiase el culo con el Quijote. Don Mendigo se levantó como el rayo, con cara de no reconocer ni a su padre de tan insultado, y con la provocación exacta y la premeditación fría de su venenosa inteligencia le espetó:

  - Cómo se nota que a ti tu padre nunca te llevó al circo.

Juan se tragó la respuesta para no liarla, y sacó el paño mugriento para quitar las marcas de vaso del mostrador y pasar el calentón. Don Mendigo, culpable y abochornado por su salida, susurró entonces una frase que Juan aún recuerda y que le viene a la memoria cada vez que el otro se exalta, porque bastaba entender la frase para entender a Don Mendigo y su manera de llevar la vida. Dijo:

- Mira Juan, la literatura es infinita, pero la buena literatura es finita.

A Juan le acababan de poner las palabras exactas a un sentimiento y entendió en el del otro su propio miedo a fracasar en lo que más amaba.

Lo que no le cabía duda a nadie que lo escuchase es que Don Mendigo sabía de lo que se hablaba cuando hablaba de libros. Él decía siempre que era sentido común.

  - Vamos, amigo, que uno no es un masoquista, un libro es un contrato, no un secuestro. En cuanto decido que hay que parar, la cosa se enfría. Aunque normalmente, cuando decido parar es porque la cosa está ya siberia. – Don Mendigo se interrumpe para oír la carcajada general, que llega en un segundo y luego se adelanta a añadir – Decidme uno, sólo un libro que tenga todas las palabras que tiene que tener y ni una más. Esas cosas ya no se hacen, menos aún cuando nos da vergüenza llamar novela a cien paginitas, y más pagar. Un libro ahora son trescientas páginas y ni una menos. Páginas. No palabras. No digo que sepa las palabras que harían falta para hablar de amor, o dolor, o pena o para explicarle a un ciego el parque del Retiro. La vida no son palabras, pero se engaña muy bien, o se engañaba con ellas. Yo no he sido capaz de atar nada en cien páginas…

- ¿Pero tú escribes, gandul?- grita uno del corrillo, por herir y resarcirse, pero también por seguir con la broma y que no se le note la mala sangre.

- Si a eso se le puede llamar escribir… - concede Don Mendigo a su audiencia, que se carcajea sin entender lo fino que hila aquel encantador de serpientes.

Juan sería feliz si sólo Don Mendigo y su labia aterrorizasen a su parroquia, pero tanta algarabía atrae a otros más discretos que, nada más verlo en el centro del corrillo, se le acercan al oído o lo apartan hasta la puerta del baño con no se qué tratos. Juan desconfía de todos los que pasan como al descuido, miran por los cristales, entran sin saludar y se lanzan hacia el fondo con el paso decidido y las intenciones turbias. 

Cada vez que Juan ve una silueta detenerse de golpe y escrutar tras los cristales rotulados, mira al resto de la concurrencia por instinto. Los abuelos ni se enteran de lo que pasa a su alrededor y les da tanto igual venir a la taberna de Juan como mudarse a la de enfrente, según les de el solecito y el vermuth esté aceptable. Juegan rondas infinitas de mus y hablan de las novias que tuvieron en el pueblo, alguno menciona una guerra en la que no peleó, y otro se saca su colección intacta de cromos de caballeros templarios del bolsillo, regando de polvo la mesa en el ansia por mostrarla. Juan por quienes se preocupa es por los trajeados de las cinco. Tres señores muy bien presentados que a él le recuerdan siempre una camisa en su caja, tan dobladita y pulcra, como de comunión. Nadie sabe exactamente por qué vienen aquí a pedir té, pero Juan, que es una caja de sorpresas, rebusca bajo la barra y les prepara tres tazas.

Don Mendigo, cuando los vio por primera vez silbó por lo bajo y le guiñó un ojo a Juan.

- ¡Pues sí que estás tú bien relacionado…! - dejó caer entre admirado y guasón.

- Esto es un negocio, mejor ellos que vosotros, digo yo – Juan no alzaba la vista de lo que fingiera estar haciendo por evitar cruzar los ojos con los de su cliente habitual y, como sacada de la nada, le plantó en las narices una caña a Don Mendigo.

- Si yo no digo nada. – aclaró con media sonrisa Mendigo apropiándose de la cerveza y desapareciendo, que es gerundio, antes de que los tres pintones requetevestidos se acercasen tanto más.

Juan, que ya los esperaba con su sonrisa ensayada de orla escolar, había limpiado la madera cuarteada y sacado los tres estuches de azucarillo.

- Buenas tardes, señor Alfaguara. Buenas tardes, señor Mondadori. Buenas tardes, señor Planeta. ¿Lo de siempre?

No hay comentarios:

Publicar un comentario