CAPÍTULO II (v. 2.0)
Juan es un
posadero tranquilo, que lo mira todo y finge que no ve nada. Así se cría buen
callo en la vida. Vamos, un tío serio, de orden. Lo que nadie entiende es cómo
pudo hacer buenas migas con Don Mendigo. Un individuo junto al que todos los
días parecen feriados y bien poco le importa lo que se cueza en ningún dormitorio.
Antes un tiramantas que un vendido, y antes un bebedor honesto que un figurante
con aires tremendísimos.
La gente del
barrio se alza de hombros y pone cara boba de no entender porque lo que quiera
que haya que entenderse bien poco vale y, para lo que vale, que se lo queden
ellos. Pero tampoco es gente tonta y entiende que por simpatías y carácter, Don
Mendigo tiene más que tratar en lo que a libros toca con el Garbancero, el
vendedor de golosinas que planta su cesta de mimbres en la acera de enfrente, o
con el Maestro, que pasa - cuando pasa – por el bar de Juan el tiempo que tarda
en echarse un café con leche y no soltar ni prenda.
Luego la
gente piensa que si todo fuese como debiera de ser, apaga y vámonos, menudo
coñazo de barrio éste. Al fin y al cabo, un barrio es como una España en
pequeñito y todo lo que sucede en él, si le pones atención, tiene su
intríngulis. Por esto que, si listo y de hilar fino es Don Mendigo, alguno hay
que, por el gusanillo de hacerlo, ya le ha cogido el puntito al liante y le
suelta, tan confidente como al que se le escapa un secreto, un “arrímate a los
buenos, truhán”, cuando Mendigo pasa cerca y finge que no oye nada.
Se diría,
leyendo lo que llevo escrito que en el barrio se mueve poco el aire y que a lo
más que se llega es a sacarle al vecino con quién se acuesta o con quién se levanta,
pero es porque no he llegado al punto que me propusiera en un principio.
Como decía, a
esa hora en que el sol empieza a ponerse y la luz se apaga, llega la algarabía
a la taberna de Juan. Si bien los primeros en coger sitio son Don Mendigo y su
grupo, pocos pasos detrás entra el Sabueso.
Juan siempre
arruga el gesto nada más verlo. Se habla mucho de tanta antipatía, pero todo son
teorías y nadie se pone de acuerdo en qué punto del carácter de uno le saca el
demonio al otro. Puede que se deba a que el Sabueso entre siempre fumando a
pesar de la prohibición, coge silla sin preguntar si está ocupada, huele a humo,
sudor, carne de matanza y nunca usa más de tres palabras seguidas, ni siquiera para
dar las gracias cuando Juan, que ya lo ve venir, acaba de llenar un whisky
doble que vacía de un quiebro de cuello, como un tragasables, y deja rodando el
vaso junto con un billete arrugado, sin apartar la vista del tabernero, que se
siente prisionero de su obsesión por ser observado. Hay quien jura que Juan
sólo ha conseguido verse reflejado en lo deforme y lo ridículo de su pupila de
callejón del gato, sin llegar a penetrar más allá de su pose fatalísima de
arquetipo tallado a puñetazos en granito.
-¿Dónde
andan? – le escupe Sabueso por torturarle.
-¿Quiénes? –
se hace el sueco Juan.
- Los
guapitos.
- No sé de
quién…
- Miraaa….. –
se abalanza sobre la barra.
- Se fueron…
hace horas… antes de que aparecieses.
- Ya lo sabía
– sonríe como si se le hubiese muerto el perro y golpea la madera con los
nudillos antes de encaminarse hacia el corrillo de Don Mendigo y los suyos.
Nada más
verlo acercarse, el grupo se levanta con una prisa confundida y se escabulle
hacia la calle evitando cruzarle la mirada. Sólo queda sentado Don Mendigo,
apurando un resto de cervecita y echándose al coleto unos garbanzos fritos de
los que le regala el vendedor ambulante.
- Mira tú que
no son más que garbanzos fritos, Sabueso, pero qué partido les saca el jodido.
No te los cambio por nada de lo que se maquine en las cocinas del Alfaguara, ni
del Mondadori, ni del Planeta.
- Hay que
joderse… - sonríe, pero tan atravesado que quienes observan en silencio apartan
la mirada con el pudor sobrecogido del que contempla cicatrices y cuellos
cercenados.
- Bueno, ¿Qué
es esta vez? – dispara Don Mendigo, con el ánimo matón que le infunde el
detective y también, por qué no decirlo, disfrutando la atención que convoca su
visitante.
- Trabajo…
- Ya sabes
cómo va esto: di un nombre y yo te respondo. Sin miedo.
El televisor,
que hasta ese momento ha sido una cháchara incómoda de verdulero de barrio estalla
en un grito de “GOL” excesivamente festivo y anticlimático que sólo sirve para
constatar el silencio preocupado que ha contagiado a la concurrencia. A Juan se
le encienden los carrillos de vergüenza y hace malabares con el mando hasta que
atina con el botoncito rojo, dejando al verdulero a mitad de un quebrado
“oooooooool” que a nadie le importa. El silencio se afila y sólo contrasta el
sonido de los niños jugando en la calle.
Don Mendigo
se sabe en su salsa y se retrepa masticando un par de garbanzos más: - ¿bien?
- Patricio
Pron.
- Ayyy…… Los
argentinos. Por lo que me huelo, muy turbio. Igual has pinchado en mierda de la
buena, ¿quién sabe? Lo que sí te puedo jurar es que le trae el periódico a
Mondadori y jamás le sacarás nada en contra de Don Cavaliere. No hace falta que te diga lo del “premio jaén de novela”,
así con minúscula, por lo que se cuenta.
- ¿Qué se
cuenta? – Sabueso aprieta las tuercas, porque trae la rabia a flor de piel, o
quizá porque no hay días buenos para el Sabueso.
- Nada del
otro jueves: el “premio jaén de novela” lo concede Mondadori, y la convocatoria
abierta es un paripé para que Pron o cualquier otro chico de los recados salte
a la portada de las revistas del lobby…
Las revistas se venden por efecto convocatoria, la opinión crítica se vuelve unánime,
el prestigio se cimenta y dilata la figura del escritor como el que hincha un
globo, lo que repercute en las ventas finales del libro. Pasta para todos y
colorín colorado. ¿Puede ser buen libro para alguien? La literatura es
infinita, pero la buena literatura…
Don Mendigo
sonríe sin arrastrar cierta melancolía de la comisura, y Sabueso tiene la
agudeza de cazar el brillo súbito con que su interlocutor clava la vista en Juan
lo que dura un parpadeo. Intrigado y tenso, el detective desvía los ojos hacia
el tabernero que pela pistachos y da miradas desganadas a la televisión apagada
acodado en el rincón más cercano de la barra.
- Depende de
lo que busques, de tu criterio, de tus lecturas, de si te llevaron al circo de
niño y no eres un coñazo. La cruda realidad es que la crítica literaria la
escriben los ganadores. Basta que una editorial ejerza una influencia
determinante en cierta nómina de autores para que se refrende toda su apuesta
literaria con el embrujo de la herencia. Granta
jugó a la demagogia y ganó. Qué leer
ratonea por los rincones y juega según la mano que le repartan. Luego está toda
la mafia cultural de Quimera y el
salto de lo quijotesco a lo esperpéntico (espero que no a lo delictivo) que
avergüenza a propios y extraños.
Ésta vez más
atento, Sabueso sigue la mirada de Don Mendigo hacia el parque más allá, detrás
del garbancero que acaba de desmontar su puesto con un cigarrillo entre los
labios y una sonrisa que le dobla el bigote con tal simpatía que no puede
evitar recordarle a un Super Mario de pueblo. Sabueso pronto encuentra sentados
en un banco y comiendo la merienda el objeto de la mirada de su confidente y
arruga el gesto: raterillos, levantacarteras y rajabolsillos. Conoce bien al
cabecilla, Vicentito, de familia acomodada, cristiana y trabajadora, y se
pregunta cómo ha llegado el chaval a eso. En realidad, los conoce a todos, y le
da especial acidez por no decir pena y asco, el niño, Antoñito, quien desde que
se junta con ellos no hace más que reírles las gracias y hacerles cucamonas
para congraciarse. La vieja historia: carne de cañón, cabeza de turco, como
quieras llamarlo. Recuerda que, para molarle más a sus amigotes mayores, hasta se
ha cambiado el nombre por uno que suena como a rapero judío. No puede evitar
desearles que se les atragante la nocilla.
- Abstrayendo
de ahí hacia LO literario, - continúa Don Mendigo -, entramos en lo íntimo y
ahí no hay nada que hacer, nos damos de narices con el infinito. Lee y deja
leer. Yo mismo podría darte una historia de la literatura que no reconoce ni su
puta madre porque es MI historia de la literatura y recoge mis influencias
personales. Pero claro, lejos de los PRESTIGIOS concedidos, de las SIMPATÍAS
literarias que aceptes o invites a tu mismidad,
existen unos PRESTIGIOS espurios y malcalzados que crean el CANON de influjo. Huye
de éste, léelo todo con distancias, tapia la puerta y corta el cable. Busca el
VALOR, que tiene academia, rigor y contraste obvio… Pero no sé porqué te cuento
esto, cuando tú eres tú porque tienes ese instinto natural para el valor
literario, ¿Verdad?
- Me falta
escuela…
- ¡Toma!¡Y a
Cervantes y a Quevedo y a Lope! A ver si te piensas que esos tuvieron una
preparación ni de lejos parecida a la que han tenido ninguno de los que están
de cháchara en este salón. Cervantes lo mismo llegó a leerse cien libros, Lope
más porque, si escribió alguno, además tuvo que corregir los que le escribían
otros y Miguel Hernández pasó toda su juventud pastoreando y sólo pudo
desarrollarse como escritor a las puertas de la guerra civil, lo que no le
facilitó tampoco mucho el acceso al material… La erudición, la culturilla y el enteradismo no son más que grados de
falta de talento y, aunque te suene paradójico, ignorancia; que no te engañe nadie.
Ya quisiera yo, y muchos como yo, olvidar todo cuanto sé y escribir el
Lazarillo en un brote de frescura. Ya quisiera yo escribir diez obras maestras
con sólo doscientas palabras. Todo lo demás, es estafa, así de claro. Si
quieres coger por las pelotas a Mondadori y señalarles a todos lo desnudo que
desfila Pron, investiga la conexión alemana de los argentinos y sobre todo,
encuentra a Luther Blissett antes de que lo hagan ellos.
- ¿¡Tengo a
Mondadori!?
Exigió
ansioso Sabueso. Pero no tuvo tiempo a recibir respuesta alguna. La puerta se
abrió con un crujido que hizo que todos volviesen la vista sobresaltados. En el
marco, la silueta de una señora mayor vestida con un camisón y el pelo
alborotado por el viento, pasaba a tirones un carrito mugriento por la entrada.
En cuanto lo consiguió, alzó unos ojos desquiciados que brillaban entre sus
greñas canas y repasó con una mirada terrible a la concurrencia que se
aprestaba a recoger los bártulos y abonar lo consumido antes de salir por pies.
Siempre había problemas cuando entraba Margaret en la taberna y mejor largarse
pronto antes de que la tomase con ninguno. Juan se restregó la boca guardándose
las malas maneras e implorando paciencia.
- Mira,
Margaret, esto es un negocio: sal ahora mismo de aquí o llamo a la policía. –
le anunció, consiguiendo que la concurrencia se detuviese con la esperanza de
que todo acabase pronto.
Pero Margaret
no se había ganado su apodo por nada. Antes que venirse a lo razonable de la
petición, se volvió hacia el tabernero con los dientes apretados y las manos en
un puño, presa de un odio profundo e irracional que la hizo estallar en
insultos:
- ¡Castrado!
¡Hijo de puta! ¡Fascista! ¡Dafne, ayuda! ¡Impostor! ¡Reprimido! ¡Vendido! – y
así se pasó un buen rato, entre insultos y un diálogo con su amiga imaginaria,
la que era conocida en el barrio como la Sargento Margaret, por vete tú a saber
qué motivo.
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