miércoles, 4 de abril de 2012

EL SABUESO Y SUS PESQUISAS (v.3.0)


CAPÍTULO II (v. 2.0)


Juan es un posadero tranquilo, que lo mira todo y finge que no ve nada. Así se cría buen callo en la vida. Vamos, un tío serio, de orden. Lo que nadie entiende es cómo pudo hacer buenas migas con Don Mendigo. Un individuo junto al que todos los días parecen feriados y bien poco le importa lo que se cueza en ningún dormitorio. Antes un tiramantas que un vendido, y antes un bebedor honesto que un figurante con aires tremendísimos.

La gente del barrio se alza de hombros y pone cara boba de no entender porque lo que quiera que haya que entenderse bien poco vale y, para lo que vale, que se lo queden ellos. Pero tampoco es gente tonta y entiende que por simpatías y carácter, Don Mendigo tiene más que tratar en lo que a libros toca con el Garbancero, el vendedor de golosinas que planta su cesta de mimbres en la acera de enfrente, o con el Maestro, que pasa - cuando pasa – por el bar de Juan el tiempo que tarda en echarse un café con leche y no soltar ni prenda.

Luego la gente piensa que si todo fuese como debiera de ser, apaga y vámonos, menudo coñazo de barrio éste. Al fin y al cabo, un barrio es como una España en pequeñito y todo lo que sucede en él, si le pones atención, tiene su intríngulis. Por esto que, si listo y de hilar fino es Don Mendigo, alguno hay que, por el gusanillo de hacerlo, ya le ha cogido el puntito al liante y le suelta, tan confidente como al que se le escapa un secreto, un “arrímate a los buenos, truhán”, cuando Mendigo pasa cerca y finge que no oye nada.

Se diría, leyendo lo que llevo escrito que en el barrio se mueve poco el aire y que a lo más que se llega es a sacarle al vecino con quién se acuesta o con quién se levanta, pero es porque no he llegado al punto que me propusiera en un principio.

Como decía, a esa hora en que el sol empieza a ponerse y la luz se apaga, llega la algarabía a la taberna de Juan. Si bien los primeros en coger sitio son Don Mendigo y su grupo, pocos pasos detrás entra el Sabueso.

Juan siempre arruga el gesto nada más verlo. Se habla mucho de tanta antipatía, pero todo son teorías y nadie se pone de acuerdo en qué punto del carácter de uno le saca el demonio al otro. Puede que se deba a que el Sabueso entre siempre fumando a pesar de la prohibición, coge silla sin preguntar si está ocupada, huele a humo, sudor, carne de matanza y nunca usa más de tres palabras seguidas, ni siquiera para dar las gracias cuando Juan, que ya lo ve venir, acaba de llenar un whisky doble que vacía de un quiebro de cuello, como un tragasables, y deja rodando el vaso junto con un billete arrugado, sin apartar la vista del tabernero, que se siente prisionero de su obsesión por ser observado. Hay quien jura que Juan sólo ha conseguido verse reflejado en lo deforme y lo ridículo de su pupila de callejón del gato, sin llegar a penetrar más allá de su pose fatalísima de arquetipo tallado a puñetazos en granito.

-¿Dónde andan? – le escupe Sabueso por torturarle.

-¿Quiénes? – se hace el sueco Juan.

- Los guapitos.

- No sé de quién…

- Miraaa….. – se abalanza sobre la barra.

- Se fueron… hace horas… antes de que aparecieses.

- Ya lo sabía – sonríe como si se le hubiese muerto el perro y golpea la madera con los nudillos antes de encaminarse hacia el corrillo de Don Mendigo y los suyos.

Nada más verlo acercarse, el grupo se levanta con una prisa confundida y se escabulle hacia la calle evitando cruzarle la mirada. Sólo queda sentado Don Mendigo, apurando un resto de cervecita y echándose al coleto unos garbanzos fritos de los que le regala el vendedor ambulante.

- Mira tú que no son más que garbanzos fritos, Sabueso, pero qué partido les saca el jodido. No te los cambio por nada de lo que se maquine en las cocinas del Alfaguara, ni del Mondadori, ni del Planeta.

- Hay que joderse… - sonríe, pero tan atravesado que quienes observan en silencio apartan la mirada con el pudor sobrecogido del que contempla cicatrices y cuellos cercenados.

- Bueno, ¿Qué es esta vez? – dispara Don Mendigo, con el ánimo matón que le infunde el detective y también, por qué no decirlo, disfrutando la atención que convoca su visitante.

- Trabajo…

- Ya sabes cómo va esto: di un nombre y yo te respondo. Sin miedo.

El televisor, que hasta ese momento ha sido una cháchara incómoda de verdulero de barrio estalla en un grito de “GOL” excesivamente festivo y anticlimático que sólo sirve para constatar el silencio preocupado que ha contagiado a la concurrencia. A Juan se le encienden los carrillos de vergüenza y hace malabares con el mando hasta que atina con el botoncito rojo, dejando al verdulero a mitad de un quebrado “oooooooool” que a nadie le importa. El silencio se afila y sólo contrasta el sonido de los niños jugando en la calle.

Don Mendigo se sabe en su salsa y se retrepa masticando un par de garbanzos más: - ¿bien?

- Patricio Pron.

- Ayyy…… Los argentinos. Por lo que me huelo, muy turbio. Igual has pinchado en mierda de la buena, ¿quién sabe? Lo que sí te puedo jurar es que le trae el periódico a Mondadori y jamás le sacarás nada en contra de Don Cavaliere. No hace falta que te diga lo del “premio jaén de novela”, así con minúscula, por lo que se cuenta.

- ¿Qué se cuenta? – Sabueso aprieta las tuercas, porque trae la rabia a flor de piel, o quizá porque no hay días buenos para el Sabueso.

- Nada del otro jueves: el “premio jaén de novela” lo concede Mondadori, y la convocatoria abierta es un paripé para que Pron o cualquier otro chico de los recados salte a la portada de las revistas del lobby… Las revistas se venden por efecto convocatoria, la opinión crítica se vuelve unánime, el prestigio se cimenta y dilata la figura del escritor como el que hincha un globo, lo que repercute en las ventas finales del libro. Pasta para todos y colorín colorado. ¿Puede ser buen libro para alguien? La literatura es infinita, pero la buena literatura…

Don Mendigo sonríe sin arrastrar cierta melancolía de la comisura, y Sabueso tiene la agudeza de cazar el brillo súbito con que su interlocutor clava la vista en Juan lo que dura un parpadeo. Intrigado y tenso, el detective desvía los ojos hacia el tabernero que pela pistachos y da miradas desganadas a la televisión apagada acodado en el rincón más cercano de la barra.

- Depende de lo que busques, de tu criterio, de tus lecturas, de si te llevaron al circo de niño y no eres un coñazo. La cruda realidad es que la crítica literaria la escriben los ganadores. Basta que una editorial ejerza una influencia determinante en cierta nómina de autores para que se refrende toda su apuesta literaria con el embrujo de la herencia. Granta jugó a la demagogia y ganó. Qué leer ratonea por los rincones y juega según la mano que le repartan. Luego está toda la mafia cultural de Quimera y el salto de lo quijotesco a lo esperpéntico (espero que no a lo delictivo) que avergüenza a propios y extraños.

Ésta vez más atento, Sabueso sigue la mirada de Don Mendigo hacia el parque más allá, detrás del garbancero que acaba de desmontar su puesto con un cigarrillo entre los labios y una sonrisa que le dobla el bigote con tal simpatía que no puede evitar recordarle a un Super Mario de pueblo. Sabueso pronto encuentra sentados en un banco y comiendo la merienda el objeto de la mirada de su confidente y arruga el gesto: raterillos, levantacarteras y rajabolsillos. Conoce bien al cabecilla, Vicentito, de familia acomodada, cristiana y trabajadora, y se pregunta cómo ha llegado el chaval a eso. En realidad, los conoce a todos, y le da especial acidez por no decir pena y asco, el niño, Antoñito, quien desde que se junta con ellos no hace más que reírles las gracias y hacerles cucamonas para congraciarse. La vieja historia: carne de cañón, cabeza de turco, como quieras llamarlo. Recuerda que, para molarle más a sus amigotes mayores, hasta se ha cambiado el nombre por uno que suena como a rapero judío. No puede evitar desearles que se les atragante la nocilla.

- Abstrayendo de ahí hacia LO literario, - continúa Don Mendigo -, entramos en lo íntimo y ahí no hay nada que hacer, nos damos de narices con el infinito. Lee y deja leer. Yo mismo podría darte una historia de la literatura que no reconoce ni su puta madre porque es MI historia de la literatura y recoge mis influencias personales. Pero claro, lejos de los PRESTIGIOS concedidos, de las SIMPATÍAS literarias que aceptes o invites a tu mismidad, existen unos PRESTIGIOS espurios y malcalzados que crean el CANON de influjo. Huye de éste, léelo todo con distancias, tapia la puerta y corta el cable. Busca el VALOR, que tiene academia, rigor y contraste obvio… Pero no sé porqué te cuento esto, cuando tú eres tú porque tienes ese instinto natural para el valor literario, ¿Verdad?

- Me falta escuela…

- ¡Toma!¡Y a Cervantes y a Quevedo y a Lope! A ver si te piensas que esos tuvieron una preparación ni de lejos parecida a la que han tenido ninguno de los que están de cháchara en este salón. Cervantes lo mismo llegó a leerse cien libros, Lope más porque, si escribió alguno, además tuvo que corregir los que le escribían otros y Miguel Hernández pasó toda su juventud pastoreando y sólo pudo desarrollarse como escritor a las puertas de la guerra civil, lo que no le facilitó tampoco mucho el acceso al material… La erudición, la culturilla y el enteradismo no son más que grados de falta de talento y, aunque te suene paradójico, ignorancia; que no te engañe nadie. Ya quisiera yo, y muchos como yo, olvidar todo cuanto sé y escribir el Lazarillo en un brote de frescura. Ya quisiera yo escribir diez obras maestras con sólo doscientas palabras. Todo lo demás, es estafa, así de claro. Si quieres coger por las pelotas a Mondadori y señalarles a todos lo desnudo que desfila Pron, investiga la conexión alemana de los argentinos y sobre todo, encuentra a Luther Blissett antes de que lo hagan ellos.

- ¿¡Tengo a Mondadori!?

Exigió ansioso Sabueso. Pero no tuvo tiempo a recibir respuesta alguna. La puerta se abrió con un crujido que hizo que todos volviesen la vista sobresaltados. En el marco, la silueta de una señora mayor vestida con un camisón y el pelo alborotado por el viento, pasaba a tirones un carrito mugriento por la entrada. En cuanto lo consiguió, alzó unos ojos desquiciados que brillaban entre sus greñas canas y repasó con una mirada terrible a la concurrencia que se aprestaba a recoger los bártulos y abonar lo consumido antes de salir por pies. Siempre había problemas cuando entraba Margaret en la taberna y mejor largarse pronto antes de que la tomase con ninguno. Juan se restregó la boca guardándose las malas maneras e implorando paciencia.

- Mira, Margaret, esto es un negocio: sal ahora mismo de aquí o llamo a la policía. – le anunció, consiguiendo que la concurrencia se detuviese con la esperanza de que todo acabase pronto.

Pero Margaret no se había ganado su apodo por nada. Antes que venirse a lo razonable de la petición, se volvió hacia el tabernero con los dientes apretados y las manos en un puño, presa de un odio profundo e irracional que la hizo estallar en insultos:

- ¡Castrado! ¡Hijo de puta! ¡Fascista! ¡Dafne, ayuda! ¡Impostor! ¡Reprimido! ¡Vendido! – y así se pasó un buen rato, entre insultos y un diálogo con su amiga imaginaria, la que era conocida en el barrio como la Sargento Margaret, por vete tú a saber qué motivo.

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